viernes, 9 de marzo de 2012

La que soy


Más allá de la piel blanca en exceso y los ojos como un túnel profundo y oscuro y las pestañas largas y tupidas y el cabello forzadamente negro y la silueta ancha y la respiración pausada y el exceso de suspiros…
Más allá de la sonrisa que se impone retorcida a pesar del intento de corregirla y del  hueco que se forma en la mejilla y que sobresale aún más que las propias cicatrices y de la voz moderada que casi podría ser grave pero que no se deja ser…
Más allá de todo eso que ciertamente es Marianna, existen otras Mariannas que dependen del cristal con que se mira.
Existe la Marianna que yo sé que soy, la de mi  imaginario y la Marianna que pretendo ser a diario, la que mis amigos han decidido que sea, la que mis enemigos creen que soy y la que ahora soy para los que fueron mis amigos y ya no lo son.
La Marianna que conocen aquellos que me ven sólo una vez por semana, la de los que me ven un poco más que eso y la de los que no me han visto en años.
La Marianna que mis maestros han creído que soy o han descubierto que soy aún sin yo saberlo de mí y la Marianna en la que ellos mismos me han convertido.
La Marianna de los amigos con los que sólo tomo café de vez en cuando, la de los amigos con los que compartí la mitad de mis días en la escuela y la de los amigos con los que compartí la otra mitad de mis días en mi infancia y después en la adolescencia e incluso ahora que no soy ni lo uno ni lo otro. La Marianna de los que no llegaron a ser mis amigos y sólo fueron mis compañeros.
La Marianna del recuerdo de los que sólo me vieron una vez en la vida y que aun así me recuerdan, incluso la Marianna de la que algunos  han oído hablar sin siquiera conocerme. Y quizá existe, aunque yo no lo sepa, la Marianna de los que alguna vez se enamoraron de mí aunque sea fugazmente.
También existe la Marianna de la familia obtenida de las grandes amistades de mis padres y la Marianna de la familia con la que comparto lazos consanguíneos y que están cerca y la de los que igual comparten lazos consanguíneos conmigo pero casi nunca los veo.  La que soy con mi abuela, que es de mis favoritas.
Y existe una Marianna muy aparte que no conozco ni imagino, que es la que soy para mi hermano.
Me atrevería a decir a cualquiera que quisiera conocerme profundamente bien, que tendría que preguntarle cómo soy a mi perro, porque nadie nunca ha visto más ni escuchado tanto.
Pero finalmente y en realidad todas esas Mariannas sí soy yo. Porque quiénes somos si no una construcción del otro, de un mismo; quiénes somos si no una construcción a partir de distintos significados en la vida de los que aprenden y confieren algo a nuestro nombre.   
Marianna Carrión, 2012

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