Más allá de la piel blanca en exceso y los ojos como un
túnel profundo y oscuro y las pestañas largas y tupidas y el cabello
forzadamente negro y la silueta ancha y la respiración pausada y el exceso de
suspiros…
Más allá de la sonrisa que se impone retorcida a pesar del
intento de corregirla y del hueco que se
forma en la mejilla y que sobresale aún más que las propias cicatrices y de la
voz moderada que casi podría ser grave pero que no se deja ser…
Más allá de todo eso que ciertamente es Marianna, existen
otras Mariannas que dependen del cristal con que se mira.
Existe la Marianna que yo sé que soy, la de mi imaginario y la Marianna que pretendo ser a
diario, la que mis amigos han decidido que sea, la que mis enemigos creen que
soy y la que ahora soy para los que fueron mis amigos y ya no lo son.
La Marianna que conocen aquellos que me ven sólo una vez por
semana, la de los que me ven un poco más que eso y la de los que no me han
visto en años.
La Marianna que mis maestros han creído que soy o han
descubierto que soy aún sin yo saberlo de mí y la Marianna en la que ellos
mismos me han convertido.
La Marianna de los amigos con los que sólo tomo café de vez
en cuando, la de los amigos con los que compartí la mitad de mis días en la
escuela y la de los amigos con los que compartí la otra mitad de mis días en mi
infancia y después en la adolescencia e incluso ahora que no soy ni lo uno ni
lo otro. La Marianna de los que no llegaron a ser mis amigos y sólo fueron mis
compañeros.
La Marianna del recuerdo de los que sólo me vieron una vez
en la vida y que aun así me recuerdan, incluso la Marianna de la que algunos han oído hablar sin siquiera conocerme. Y quizá
existe, aunque yo no lo sepa, la Marianna de los que alguna vez se enamoraron
de mí aunque sea fugazmente.
También existe la Marianna de la familia obtenida de las
grandes amistades de mis padres y la Marianna de la familia con la que comparto
lazos consanguíneos y que están cerca y la de los que igual comparten lazos
consanguíneos conmigo pero casi nunca los veo. La que soy con mi abuela, que es de mis
favoritas.
Y existe una Marianna muy aparte que no conozco ni imagino,
que es la que soy para mi hermano.
Me atrevería a decir a cualquiera que quisiera conocerme
profundamente bien, que tendría que preguntarle cómo soy a mi perro, porque
nadie nunca ha visto más ni escuchado tanto.
Pero finalmente y en realidad todas esas Mariannas sí soy
yo. Porque quiénes somos si no una construcción del otro, de un mismo; quiénes
somos si no una construcción a partir de distintos significados en la vida de
los que aprenden y confieren algo a nuestro nombre.
Marianna Carrión, 2012
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