miércoles, 14 de marzo de 2012

Mil maneras de sentir placer


Estoy convencida de que se requiere de cierta inteligencia para hablar de cosas tan sencillas y hacerlas parecer tan importantes… pero no me mal interpreten, supongo que no tanta, como la que se requiere para hablar de las cosas realmente importantes.
Pero sucede que gente tan inteligente que escriba y hable sobre esas cosas ya hay mucha, o por lo menos ya hay muchas pretensiones.

Y a mí me gusta hablar de cosas tan sencillas que quizá estúpidamente me parecen tan grandiosas, tan menospreciadas, que hasta pienso que frente a esas circunstancias, merecen más ser contadas. Y es que apartados de lo “verdaderamente importante” existen tantas maneras de sentir placer, que quizá escribo esto como forma de redención por todas las veces que me he sentido desdichada.

Qué placer tan enorme enterrar los pies en la arena por ejemplo, y que la brisa de la ola que revienta me salpique la cara.  O sentir el agua fresca recorrerme la garganta y su sucesivo transcurso por todo mi sistema en un día caluroso, lo mismo que sentir el líquido chocolate caliente hacer ese mismo recorrido cuando hace frío.

Que las gotas de lluvia me ataquen de a poco hasta mojarme el último borde del cuerpo y después sentir el cambio súbito de temperatura y de presión cuando tomo un baño obligado luego de la lluvia al llegar a casa. Y es que es irónico que se pueda sentir tanto placer al mojarse en la regadera ya estando mojada.

A decir verdad, desde mi muy personal punto de vista, la regadera es un placer absoluto bajo cualquier circunstancia, que incluye ciertamente, el placer de tallarme con el shampoo sin parar, hasta hacer en mi cabeza un casco de espuma blanca.   

Quitarme los zapatos después de haber caminado mucho o quitarme la ropa al final del día y ponerme la pijama, ¿cómo es posible que exista tanto placer en eso? El movimiento del cabello con una ráfaga de aire, morderme las uñas, chuparme los labios, pasar la lengua por los dientes, rascarme la cabeza, quitarme una costra, reventar las burbujas de aire del plástico que protege los aparatos eléctricos.

Degustar mi sabor favorito en la boca, sentir como se derrite un dulce en la lengua o sentir un millón de piquetitos instantáneos, acompañados de un súbito apretón de ojos y una mueca, cuando hacen mancuerna el limón y el chamoy. Recoger una bocanada de aire que pasa entre los dientes apretados seguida de un jadeo cuando estoy enchilada.

Por el motivo que sea, qué placer más increíble sentir una lágrima recorrer mi mejilla, mi caricia más sincera, sin duda. Sentir como va dejando su camino caliente y húmedo y que acto seguido se sienta en la cara una línea mojada y fría cuando la lágrima se pierde en el cuello y muere en el escote.

Cuando la almohada por fin ha adoptado la forma de mi cabeza y las sábanas, cobijas y cubrecama han generado la temperatura ideal para caer plácidamente dormida. Y nada como el placer de dormir en la propia cama.

Cuando acerco la nariz a las flores para llenarme de ese olor y de paso siento el cosquilleo y el suave roce de las plantas y como premio extra, una que otra gota de agua perfumada se abraza a las formas de mi cara.

Reír a carcajadas sin poder parar es doloroso pero placentero como algunas otras cosas que no viene al caso mencionar, pues ya el amor solo, tiene infinitos placeres.

El inmenso e inexplicable placer de saber algo que nadie más sabe y observar la cara del otro cuando se lo digo, como si en el acto me fuera conferida toda la sabiduría del mundo, aunque sea por unos minutos.

El placer de robar el alma al ser amado pensándolo todo el tiempo y que esa persona piense que está viviendo una vida, cuando jamás será más perfecto y valeroso que en mi propia historia de su vida.

El placer de contemplar a un bebé durmiendo con toda su reciente e involuntaria existencia, que involucra una serie de movimientos espontáneos  que generan un abanico de emociones que comienza con la curiosidad y termina con la ternura.

El placer que produce escuchar un halago, ganar un premio o la satisfacción del deber cumplido. El placer de hacer sentir bien o mal a una persona según sea la intención. El de sentirme la persona más importante del planeta al llegar a casa y ver a mi perrita correr hacia mí con un arrojo y una emoción tales, que parece un asunto de vida o muerte.

Estos y otros cientos de placeres... qué vale más que eso.  En qué medida se puede ser más afortunado.

Marianna Carrión, 2012

viernes, 9 de marzo de 2012

La que soy


Más allá de la piel blanca en exceso y los ojos como un túnel profundo y oscuro y las pestañas largas y tupidas y el cabello forzadamente negro y la silueta ancha y la respiración pausada y el exceso de suspiros…
Más allá de la sonrisa que se impone retorcida a pesar del intento de corregirla y del  hueco que se forma en la mejilla y que sobresale aún más que las propias cicatrices y de la voz moderada que casi podría ser grave pero que no se deja ser…
Más allá de todo eso que ciertamente es Marianna, existen otras Mariannas que dependen del cristal con que se mira.
Existe la Marianna que yo sé que soy, la de mi  imaginario y la Marianna que pretendo ser a diario, la que mis amigos han decidido que sea, la que mis enemigos creen que soy y la que ahora soy para los que fueron mis amigos y ya no lo son.
La Marianna que conocen aquellos que me ven sólo una vez por semana, la de los que me ven un poco más que eso y la de los que no me han visto en años.
La Marianna que mis maestros han creído que soy o han descubierto que soy aún sin yo saberlo de mí y la Marianna en la que ellos mismos me han convertido.
La Marianna de los amigos con los que sólo tomo café de vez en cuando, la de los amigos con los que compartí la mitad de mis días en la escuela y la de los amigos con los que compartí la otra mitad de mis días en mi infancia y después en la adolescencia e incluso ahora que no soy ni lo uno ni lo otro. La Marianna de los que no llegaron a ser mis amigos y sólo fueron mis compañeros.
La Marianna del recuerdo de los que sólo me vieron una vez en la vida y que aun así me recuerdan, incluso la Marianna de la que algunos  han oído hablar sin siquiera conocerme. Y quizá existe, aunque yo no lo sepa, la Marianna de los que alguna vez se enamoraron de mí aunque sea fugazmente.
También existe la Marianna de la familia obtenida de las grandes amistades de mis padres y la Marianna de la familia con la que comparto lazos consanguíneos y que están cerca y la de los que igual comparten lazos consanguíneos conmigo pero casi nunca los veo.  La que soy con mi abuela, que es de mis favoritas.
Y existe una Marianna muy aparte que no conozco ni imagino, que es la que soy para mi hermano.
Me atrevería a decir a cualquiera que quisiera conocerme profundamente bien, que tendría que preguntarle cómo soy a mi perro, porque nadie nunca ha visto más ni escuchado tanto.
Pero finalmente y en realidad todas esas Mariannas sí soy yo. Porque quiénes somos si no una construcción del otro, de un mismo; quiénes somos si no una construcción a partir de distintos significados en la vida de los que aprenden y confieren algo a nuestro nombre.   
Marianna Carrión, 2012

martes, 6 de marzo de 2012

El pianista

¿Alguna vez han visto un títere humano? Les voy a contar la historia de un cuerpo inanimado. EL comienzo de ésta, es mi afortunada visita a un concierto de piano, y el relato comienza así.
Ahí estaba yo, un martes por la noche. Llegué apenas unos segundos antes de que dieran la tercera llamada. Así que en breve, las luces que iluminaban la sala se atenuaron para dar paso a las brillantes luces del escenario… y ahí estaba él, el pianista, inmaculado y perfecto sentado frente a su piano;  inmóvil, impávido, intacto… un silencio total, y de pronto sonó la primera nota que le regaló a este ser el primer suspiro, la primera señal de vida. Luego una segunda nota y después una tercera, seguida de una fuga interminable de notas que se impactaban en su cuerpo penetrándolo como si fuesen balas, con la misma fuerza, con la misma intensidad, cientos, miles de balas que en vez de quitarle, le regalaban la vida. En el instante mismo en que empezó a escucharse música, aquel hombre se llenaba de vida, de energía, de vitalidad; de una vitalidad que movía su cuerpo con tal arrebato que parecía poseído.
 Sí, ¡Eso es! Aquel ser estaba siendo poseído por la música y esa posesión lo llevaba al cielo y al mismo infierno en el instante siguiente. Parecía que se elevaba, una y mil veces, de arriba abajo, de derecha a izquierda… música, sólo música que se apoderaba de él y que de él emanaba. Sólo música precipitando los corazones de los presentes, estremeciendo sus cuerpos, nuestros cuerpos.
Cerré los ojos para dejarme llevar por el torbellino de notas, dejé que me arrastrara, que me envolviera, que me arrojara al mar del más sublime placer y estando  ahí me dejé llevar por el vaivén de las olas… música, sólo música, y en mi mente la imagen de ese hombre hermoso y frágil siendo poseído por esta música que él mismo producía con su caja negra de cuerdas  y que sin saberlo también me poseía a mí, me daba vida.
¿Será acaso su corazón un ventrílocuo malvado que pretende robar las emociones del público para alimentar su ego, moviendo las cuerdas de esa forma extraordinaria? O quizá sólo sea la música queriendo hacer escuchar su voz y el pianista no es más que el instrumento para ello. O tal vez el pianista un día cayó rendido ante el poder de la música y le vendió su alma por el placer exquisito de tocar una pieza con sus delicados dedos.
En todo eso pensaba, hasta que otro abrupto silencio interrumpió mis pensamientos, seguido de una tormenta interminable de aplausos. Habían pasado ya varios minutos, mucho tiempo. Al abrir los ojos, de nuevo él estaba ahí, el pianista. Sólo que ahora se encontraba parado junto a su piano, inmóvil, impávido, intacto… inmaculado y perfecto. De vez en vez hacía una reverencia en automático al público que se hallaba de pie frente a él, en medio del orgasmo de aplausos, incontenible hasta para la enorme sala de conciertos.  Pero de nuevo lucía como un cuerpo inanimado, un muñeco de trapo. Como si la última nota se hubiera llevado su vida, como si su alma se hubiese fragmentado y hubiese sido absorbida por nuestros corazones emocionados.
Mirando aquel cuerpo, más semejante a un títere que a un ser humano, entendí  que es el Arte el que da vida al cuerpo del artista, como si éste fuese un elegido que nació sólo para sublevarse al maravilloso poder que su arte le concede.


Marianna Carrión, 2008

lunes, 5 de marzo de 2012

Porque no se lo digo


De qué sirven las palabras
cuando no significan nada.
Cuántas veces hemos dicho
sin querer decir.

Cuántas veces la conciencia
ha servido de testigo,
de todas esas frases
que están llenas de vacío.

Qué significa cuando digo “te quiero”.
Cómo es que lo digo con tanta soltura.

Si supieran esos que quiero
que en verdad no los quiero,
y si supieran cuánto quiero
pero que no se lo digo.

Las palabras que pesan
son las que no se dicen,
Porque el corazón no sabe de hipocresía,
Él sólo sabe de vergüenza…

Y se calla la boca
y el amor y el deseo,
y deja que la cabeza actúe
repitiendo “te quiero”.

“Te quiero” que no son nada,
que son palabras sin sentido,
esperando que las que valen
se las diga al oído,

a aquel que no sabe
que cuando digo “te quiero”
se lo digo a los otros
porque a él no se lo digo.

Marianna Carrión, 2010

Al caer

¿Cuál es exactamente la sensación de caer? ¿Cuál es exactamente la sensación de levantarse?
¿Cuál es exactamente la sensación de levitar? ¿Qué se siente estar arriba? ¿Qué se siente mirar hacia abajo? ¡Si permaneciera arriba el tiempo suficiente para saberlo!

Pero algo sí es seguro:

Las milésimas de segundo que transcurren a la hora de caer son imperceptibles, por eso uno no puede creer lo mucho que duele el golpe. Porque francamente es inaceptable que en tan corto tiempo uno pueda acumular tantísimo dolor.

Y cuando uno cae, no alcanza a sentir, ni a concebir, ni a razonar nada, simplemente cae, se cae y punto.

Pero si pudiéramos ver en slow motion el preciso momento, la vida tomaría un rumbo diferente a partir de entonces. Uno no volvería a caer porque sabría exactamente lo que provocó la caída.

Perderíamos el miedo a parecer estúpidos o monstruos, pues seguramente el rostro no adopta una forma tan fea bajo ninguna circunstancia, como no sea al momento de caer.  

Marianna Carrión, 2010

domingo, 4 de marzo de 2012

Y así te quiero

La pregunta no es si te quiero
sino por qué te quiero
y cómo es que te conozco
sin conocerte primero.

Te quiero sin que lo merezcas
y sin haberlo querido,
te quiero aunque no aparezcas
y te quiero aunque te hayas ido.

Te quiero porque en tus ojos
y en tu boca y en tu risa,
florecen mis ilusiones
y se marchitan de prisa.

Te quiero sin condiciones
y porque no tengo opciones
como no sea quererte
aunque me falten razones.

Y así es como te quiero
aunque a veces no quiera,
porque tu besos descansan
en otra boca cualquiera.

Marianna Carrión, 2009

Amor y punto

Si de algo importante hubiera que escribir, habría que escribir de cómo es que surgen las buenas ideas.
Pero me nace hablar de lo que a nadie le importa, no porque no sea importante, sino porque no hay tiempo para preguntárselo. Me nace hablar de cómo nace un sentimiento. ¡Y pensar que hasta las cosas del corazón se las debemos a la razón! Como mi razonamiento al respecto de este sentimiento, el amor.
La verdad es que a mí el amor me entra por el oído, por los ojos, por la nariz y se me clava en las entrañas. En seguida se me transforma en un ligero calambre que me recorre el torrente sanguíneo. Y a mí el amor se me antoja dulce; se me antoja fosforescente, luminoso, de menos a más y de más a menos. Me brilla en el pecho como luz ultravioleta, se me atora en la garganta, se me vuelve líquido en los ojos, se me esfuma en los labios, se me desaparece en la voz. Es un choque eléctrico en el perineo, un botón rojo en el cerebro o una luz intermitente. Una tensión en los pies; humedad en el sexo, en las axilas y en las manos.  En las rodillas se me vuelve un golpe que las pone frágiles, en la piel un montón de burbujas que revientan a un mismo tiempo y que me erizan el vello. En la espalda cosquillas, contracciones en el abdomen, firmeza en los pezones y en las nalgas; en el cuello un movimiento suave hacia un lado y quizá una sensación de frío; en las orejas calor, enrojecimiento en las mejillas, una sonrisa inesperada, piquetes en las yemas de los dedos. En la mirada condescendencia y en las palabras torpeza, exceso de inhalaciones y exhalaciones. Sistemáticamente metafórico, el amor se me vuelve un manojo de nervios, un nudo en las tripas… ¿y en el corazón? En el corazón se me vuelve un torbellino, se me vuelve todo y nada; se me vuelve un tambor, un zumbido de abeja, una presión constante, una constante irrigación de sangre que cambia de velocidad frecuentemente… qué distinto el amor del odio, aunque con una sintomática parecida, ese odio que requiere de una descripción aparte, que merece otra ocasión.    
Marianna Carrión, 2011

Relato de un hombre y su reloj verdugo

Agobiado por el tic tac y el inminente hecho de que se sumaba un año más a la, ya de por sí pesada carga de su espalda, se sentó frente a su vieja computadora y comenzó a escribir. Hizo un repaso de su vida, de los días buenos y de los días malos. Evocó cada recuerdo, hizo una selección de aquellos que lo habían llevado a ser la persona que era, para bien o para mal. Alentado por su brillante imaginación y por su absoluta memoria, describió cada imagen, cada aroma, sabor, sonido y sensación; la textura de la ropa que llevaba un domingo para ir al parque casi 20 años atrás, el aspecto de las calles de la Roma y el color de cada casa en la que había vivido. Preparaba un discurso para nadie que pronto estaría listo para que lo escuchasen todos aquellos que prestaran oídos; quizá para convencerse de que había hecho lo correcto, y para encontrar sentido a las cosas que a veces, a pesar de nosotros, simplemente suceden.
Por un momento detuvo las filosas manos que incesantemente habían golpeado las teclas durante un largo rato y encendió un cigarrillo. Recargado en el marco de la ventana, observó el humo mientras pensaba; su mirada atravesaba las inconstantes figuras que el humo hacía en el aire y se impactaba en la oscuridad de la noche a una velocidad inimaginable. De pronto cada estrella hacía las veces de cada persona a la que había conocido, pensó entonces en sus amigos de la infancia, en el extraordinario personaje que había sido su abuelo y en un padre desconocido, en los que lo amaron antes y en los que lo aman ahora; y como un torbellino, así de golpe, las palabras precisas para cada uno se hicieron presentes, así que de nuevo  se posó en la silla y retomó la escritura con nuevos bríos, con un nuevo ánimo, una nueva inspiración nacida de las estrellas. El reloj de mano que tantas veces lo había castigado, le anunciaba ahora oficialmente un año más de vida, y esa negra noche de febrero abrazó sus tantos sueños viejos, para que con la mañana comenzaran los nuevos.
Formé parte del selecto grupo de oídos, que tuvieron la suerte de escuchar el relato que hablaba de aquel hombre y su reloj verdugo. Escuché con atención desde el sillón de la sala, cada palabra mientras miraba fascinada la expresión de ese hombre que narraba apenas la primera parte de su vida con la voz en un tono solemne similar a la de un viejo cansado, pero con la postura de un niño que grita impaciente y el aspecto de un joven desaliñado propio de su edad. Escuché con atención durante varios minutos, la historia de un hombre que tengo la fortuna de llamar amigo.    
Marianna Carrión, 2010

dedicado a mi amigo Alí, unos años atrás!