domingo, 4 de marzo de 2012

Relato de un hombre y su reloj verdugo

Agobiado por el tic tac y el inminente hecho de que se sumaba un año más a la, ya de por sí pesada carga de su espalda, se sentó frente a su vieja computadora y comenzó a escribir. Hizo un repaso de su vida, de los días buenos y de los días malos. Evocó cada recuerdo, hizo una selección de aquellos que lo habían llevado a ser la persona que era, para bien o para mal. Alentado por su brillante imaginación y por su absoluta memoria, describió cada imagen, cada aroma, sabor, sonido y sensación; la textura de la ropa que llevaba un domingo para ir al parque casi 20 años atrás, el aspecto de las calles de la Roma y el color de cada casa en la que había vivido. Preparaba un discurso para nadie que pronto estaría listo para que lo escuchasen todos aquellos que prestaran oídos; quizá para convencerse de que había hecho lo correcto, y para encontrar sentido a las cosas que a veces, a pesar de nosotros, simplemente suceden.
Por un momento detuvo las filosas manos que incesantemente habían golpeado las teclas durante un largo rato y encendió un cigarrillo. Recargado en el marco de la ventana, observó el humo mientras pensaba; su mirada atravesaba las inconstantes figuras que el humo hacía en el aire y se impactaba en la oscuridad de la noche a una velocidad inimaginable. De pronto cada estrella hacía las veces de cada persona a la que había conocido, pensó entonces en sus amigos de la infancia, en el extraordinario personaje que había sido su abuelo y en un padre desconocido, en los que lo amaron antes y en los que lo aman ahora; y como un torbellino, así de golpe, las palabras precisas para cada uno se hicieron presentes, así que de nuevo  se posó en la silla y retomó la escritura con nuevos bríos, con un nuevo ánimo, una nueva inspiración nacida de las estrellas. El reloj de mano que tantas veces lo había castigado, le anunciaba ahora oficialmente un año más de vida, y esa negra noche de febrero abrazó sus tantos sueños viejos, para que con la mañana comenzaran los nuevos.
Formé parte del selecto grupo de oídos, que tuvieron la suerte de escuchar el relato que hablaba de aquel hombre y su reloj verdugo. Escuché con atención desde el sillón de la sala, cada palabra mientras miraba fascinada la expresión de ese hombre que narraba apenas la primera parte de su vida con la voz en un tono solemne similar a la de un viejo cansado, pero con la postura de un niño que grita impaciente y el aspecto de un joven desaliñado propio de su edad. Escuché con atención durante varios minutos, la historia de un hombre que tengo la fortuna de llamar amigo.    
Marianna Carrión, 2010

dedicado a mi amigo Alí, unos años atrás!

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