¿Alguna vez han visto un títere humano? Les voy a contar la historia de un cuerpo inanimado. EL comienzo de ésta, es mi afortunada visita a un concierto de piano, y el relato comienza así.
Ahí estaba yo, un martes por la noche. Llegué apenas unos segundos antes de que dieran la tercera llamada. Así que en breve, las luces que iluminaban la sala se atenuaron para dar paso a las brillantes luces del escenario… y ahí estaba él, el pianista, inmaculado y perfecto sentado frente a su piano; inmóvil, impávido, intacto… un silencio total, y de pronto sonó la primera nota que le regaló a este ser el primer suspiro, la primera señal de vida. Luego una segunda nota y después una tercera, seguida de una fuga interminable de notas que se impactaban en su cuerpo penetrándolo como si fuesen balas, con la misma fuerza, con la misma intensidad, cientos, miles de balas que en vez de quitarle, le regalaban la vida. En el instante mismo en que empezó a escucharse música, aquel hombre se llenaba de vida, de energía, de vitalidad; de una vitalidad que movía su cuerpo con tal arrebato que parecía poseído.
Sí, ¡Eso es! Aquel ser estaba siendo poseído por la música y esa posesión lo llevaba al cielo y al mismo infierno en el instante siguiente. Parecía que se elevaba, una y mil veces, de arriba abajo, de derecha a izquierda… música, sólo música que se apoderaba de él y que de él emanaba. Sólo música precipitando los corazones de los presentes, estremeciendo sus cuerpos, nuestros cuerpos.
Cerré los ojos para dejarme llevar por el torbellino de notas, dejé que me arrastrara, que me envolviera, que me arrojara al mar del más sublime placer y estando ahí me dejé llevar por el vaivén de las olas… música, sólo música, y en mi mente la imagen de ese hombre hermoso y frágil siendo poseído por esta música que él mismo producía con su caja negra de cuerdas y que sin saberlo también me poseía a mí, me daba vida.
¿Será acaso su corazón un ventrílocuo malvado que pretende robar las emociones del público para alimentar su ego, moviendo las cuerdas de esa forma extraordinaria? O quizá sólo sea la música queriendo hacer escuchar su voz y el pianista no es más que el instrumento para ello. O tal vez el pianista un día cayó rendido ante el poder de la música y le vendió su alma por el placer exquisito de tocar una pieza con sus delicados dedos.
En todo eso pensaba, hasta que otro abrupto silencio interrumpió mis pensamientos, seguido de una tormenta interminable de aplausos. Habían pasado ya varios minutos, mucho tiempo. Al abrir los ojos, de nuevo él estaba ahí, el pianista. Sólo que ahora se encontraba parado junto a su piano, inmóvil, impávido, intacto… inmaculado y perfecto. De vez en vez hacía una reverencia en automático al público que se hallaba de pie frente a él, en medio del orgasmo de aplausos, incontenible hasta para la enorme sala de conciertos. Pero de nuevo lucía como un cuerpo inanimado, un muñeco de trapo. Como si la última nota se hubiera llevado su vida, como si su alma se hubiese fragmentado y hubiese sido absorbida por nuestros corazones emocionados.
Mirando aquel cuerpo, más semejante a un títere que a un ser humano, entendí que es el Arte el que da vida al cuerpo del artista, como si éste fuese un elegido que nació sólo para sublevarse al maravilloso poder que su arte le concede.
Marianna Carrión, 2008
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