Empiezo a padecer del mal de
Ausencia. Llevo en el corazón el dolor de haber perdido algo que tuve siempre y
de sentir la perdida de algo que no he tenido nunca. Ambos sentimientos diferentes
pero iguales, cosa curiosa. Llorar incluso ahora tiene más sentido y llorar no
puedo. Y en un acto de infinita desconsideración de mi propio aparato generador
de sentimientos, sea cual sea, porque últimamente ya no logro distinguirlo, siento
más la ausencia de a quien quiero a la distancia, que la tuya que será
definitiva. Tu ausencia se siente como la ausencia de un viaje corto, con esa
sensación de que en cualquier momento llegues. Su ausencia se siente en cambio,
como un hoyo negro, como algo que sin empezar, está perdido... y quién sabe, quizá
en otro momento… De tu ausencia me duele todo lo que no te dije, de su ausencia
me duele lo que he dicho. Inesperadamente he descubierto en estos días que
estamos más ausentes cuando estamos vivos; muertos nos hacemos presentes en el
pensamiento de todos los que nos quieren y de quienes quisimos.
De ausencia se me ha hecho un
nudo en la garganta, una piedra en el estómago, de ausencia se me llenan los días. No me duele tu partida
ni me duele su distancia, me duele la Ausencia, me duele con dolor profundo… profundo
y permanente. Me duele con un dolor que parece advertencia, una llamada de
alerta.
Y en un esfuerzo de hacer todo lo
posible por empeorar el panorama, hoy que es propicio porque hay melancolía, agregaré
la ironía de mi cualidad de ausente, de mi característica de estar de paso en
las historias de los otros y después seguir mi camino sin mirar de vuelta, de mi
naturaleza de estarme yendo siempre. Yo misma soy la ausente de quien me
tiene presente, yo misma soy la ausente de alguien que comparte conmigo el
mismo mal.
Ésta es mi mejor charla contigo, la más larga,
la más sentida, la más sincera. Aquí estoy platicando contigo, tú que no estás
en la distancia sino en la ausencia.
En donde estés...
Marianna Carrión 2012
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